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A los 27 tengo…

Escrito por: Mariela Ibarra

chocolate-birthday-cakeDe los veintisiete no se dice nada mítico, dramático ni poético, no soy el cuarto de siglo de los 25 ni el tan mencionado tercer piso, tampoco el famoso veintiocho de los artistas, pero bueno, son los años que cumplo hoy y se supone que, con la cercanía a los treinta, ya debería ser una mujer hecha y derecha, con carrera, independiente, marido, hijos, carro, casa y beca… Y como nada de eso he alcanzado aún decidí hacer una breve entrada de las cosas que tengo y que me hacen feliz:

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¿Por qué Colombia es un país pobre?

Escrito por: Mariela Ibarra

pobreza_america_latinaNo sé si se han preguntado ¿Por qué Colombia es un país pobre?… hace unos días iba en un bus y la respuesta a esto saltó ante mis ojos. Una señora iba paseando un perro, un pitbull muy lindo, blanco con manchas cafés. El perro, como todo canino, empezó a olisquear todo lo que tenía a su alrededor, se acercó a un árbol y ahí hizo sus necesidades. El perro salió contento con la lengua afuera, mientras la dueña se acercó a los excrementos del animal con unas ramitas en la mano. Yo pensé, bueno, que señora tan ocurrente, impulsar el popó del perro dentro de la bolsa con un palo. Pero esto no fue lo que ocurrió, la señora le puso los palos encima ESCONDIENDO EL POPO. Y yo pensé ¡Ave María! esta si es mucha muela, vieja cochina, es mejor que lo deje destapado así uno por lo menos lo puede ver y no lo anda pisando. O no sé si es que pretendía jugarle una broma a los transeúntes.

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Entonces eso, lo del popó y la señora, me hizo reflexionar y caí en cuenta que eso, precisamente esa cosa fea que ella hizo forma parte de esa malicia indígena de la que tanto nos enorgullecemos los colombianos. Es decir, a ella no le importaba dejar el popó ahí, en mitad de la calle y a la vista de todos, mucho menos si alguien lo pisaba, ella lo que necesitaba era quitarse un problema de encima y ¿cómo lo solucionó? Escondiéndolo. El reflejo de estas actitudes se ve en todas partes contaminación, corrupción, siempre y cuando podamos seguir escondiendo nuestra caquita, sin darnos cuenta que los cambios que queremos ver en el mundo empiezan en nosotros mismo, vamos a seguir varados en la misma pobreza metal y de espíritu.

RABIOSO, PEDRO Y EL MAZAMORRERO

 

-¡Emilia, cuantas veces te he dicho que amarrés a este hijueputa chandoso en el patio!Image

-Tranquilo mijo, él no es sino bulla…¡¡ Rabioso pal’ patio!!

Ya Emilia no es tan divertida, antes de que Pedro se fuera yo dormía a sus pies. Ahora, con el intruso, mi lugar está en el patio. Cuando él se aleja con sus gritos de sirena ella me deja entrar y comemos juntos la mazamorra que él ha preparado el día anterior. Emilia se la toma sin ganas, yo clavo la cara en el plato hasta que mi nariz toca el fondo. Cuando la desentierro tengo maíz hasta en los ojos y recuerdo cómo eran las mañanas cuando Pedro estaba en casa. Pasaba su pesada mano sobre mi cabeza, a veces también la descargaba en Emilia, que caía en medio de un espectáculo de platos rotos. Él salía dando gritos y ella salía de abajo del mesón. Después llegaba el mazamorrero y la acariciaba con sus manos lácteas ahí donde Pedro la lastimó.

Una tarde Pedro volvió con vajilla nueva y sorprendió al mazamorrero con Emilia temblorosa en sus manos. El intruso voló por la ventana, Pedro lo persiguió. Mientras ella esperaba orinó el sofá, me preocupé, ya me imaginaba a Pedro con el periódico enrollado, pero él jamás regresó.

 Ella lloró mucho, aún en sus brazos de mazamorrero, que fue colando su ropa y trastes. Ya no se puede caminar en casa sin tropezar con los bultos de maíz o la olla en la que deja trasnochando la leche y a la que no permite que nos acerquemos. Las mañanas nunca fueron más tristes y la mazamorra nunca supo mejor.

–¡Quite mugroso, déjeme pasar, Emilia llamá al perro!…

-Rabioso…Rabioso… nooo… suelte…-

Ella sigue llamándome a gritos, no hago caso y el contenido de la olla se desparrama. Sabía que esta mazamorra tenía algo de Pedro, lamo la leche de la cabeza que rodó hasta los pies de Emilia, ella ya no dice mi nombre, pero todavía grita.

Mariela Ibarra Piedrahita

El Arte de Mentir

Escrito Por: Juan David Ochoa
Cumbre de las Americas

Todas las culturas la detestan. La intentan evadir, intentan ignorarle a la mentira la fuerza que penetra en el ambiente, en las metrópolis, entre las masas de los cuerpos, en el bullicio del lenguaje y en su historia. La intentan evadir, pero no pueden. El odio que simulan sentir es uno de los tantos simulacros de la realidad. La mentira es el arte de fingir la perfección, o el equilibrio; esa custodia de la intimidad para que exista la tranquilidad y se prolongue. Todas las culturas la niegan, la quieren olvidar, pero no pueden. Es el círculo vicioso del tiempo.

La pantomima de los simulacros ha existido desde el día en que los simios fundaron los códigos del trato, y fue en esta escalera de la historia, cuando la fichas simbólicas del juego, este antiguo dominó de las palabras, se llevó toda la hilera al abismo. Desde entonces el mundo puede ser una ficción, la mentira materna de las farsas.

Pero el arte del engaño consciente es más artístico. Requiere de la astucia del control; de inteligencia en la imaginación del truco; austeridad para que se sostenga la tesis y convenza, aunque tenga los soportes en el aire, lejos del mundo, fuera de la lógica y de la evidencia. Requiere de talento para asegurar una mentira gigantesca y repudiable

Así fue la mentira magistral de la cumbre en Cartagena. Una obra maestra del ilusionismo. En cinco días la pobreza se esfumó como las cintas de los magos en los puños. El lodazal de las laderas se secó, y se petrificaron los huecos. En cinco días la miseria que intentaba eludir los atentados del hambre con la venta obligatoria de los jugos y las gafas, los bloqueadores y las trenzas en la costa hirviente, se perdieron. Se perdió el comercio y el turismo ramplón y las imágenes comunes en el mar. Era la gloria, un paraíso escandinavo en el tercer mundo.

Una vez más, como en los meses del reinado nacional, pero a niveles extremos, la realidad se apagó por la mentira y sus brochas. Una opulencia dibujada en el hedor de la pobreza despejó todas las pistas, extinguió los desaseos, el basural de las calles, las prostitutas de las cuadras, los limosneros de la plaza de San Pedro, los huecos, las grietas, las paredes podridas. Pintaron hoteles, alquilaron carros, reconstruyeron esquinas. Limpiaron indigentes, los vistieron. Aprobaron desde Bogotá, y en horas, las leyes de la sumisión, Ley lleras 02. La ley de los futuros presidarios por un clic. Obama llegó y el paraíso estaba ahí para su orden, intacto y espléndido. Brillante.

Después la empalizada de la “escoria” volverá a la superficie a reponer los sobrecostos del desfalco.