Los desconciertos de la cojera

Anciano con bastón

La semana pasada, ya culminando semestre, iba a la universidad  sólo presentar adelantos de trabajos o a exámenes y salía muy temprano de clase, normalmente salgo entre 9:00 y 9:30 pm, y esa semana salí a eso de las 7:30 de la noche.

El transporte urbano en Cali es desastroso, y hacia mi casa sólo pasa hasta las 8:00 (me niego rotundamente a treparme en MIO pudiendo usar otro servicio, el que sea) por lo que normalmente me recoge un señor en moto, benditos sean el rebusque y los motoratones, pero la noche del jueves no pudo hacerlo.

Sin embargo  como salí rayando las ocho y decidí asomarme a la parada, sólo en caso de que pudiera alcanzar mi amada Ermita 6.

Alabada sea mi estrella, cuando llegué a la salida de la universidad el bus estaba llegando a la esquina, por lo que, con todo el glamur que me caracteriza, salí a correr para alcanzar mi elegante transporte.

Ahora, vale la pena una aclaración, para los que recuerdan hace poco tuve una cirugía de tobillo, y si bien el asunto es una prueba superada, hay situaciones, como correr, que aún me representan algo de dificultad y me dan cojera.

Así que corrí cojeando, obviamente porque no puedo hacerlo de otra forma, pero alcancé el bus sin despelucarme mucho… Definitivamente, de haberme dado por ser atleta le estaría haciendo competencia a la Ibarguen… en fin, llegué al bus y antes de subir una señora bastante mayor me atajó el paso de una manera muy brusca.

No le presté atención y le ofrecí la mano por si necesitaba ayuda, la señora la rechazó y con bastante esfuerzo se subió al bus, yo me subí detrás de ella.

Una vez sentada empecé a filosofar con la ventana, pero al fondo escuchaba a la señora renegando por algo, que los jóvenes eran unos desconsiderados, unos patanes, lo peor, en fin, hijueputa todo menor de treinta.

Entonces, de la nada, la señora se paró y gritó, -Si!, es que la cosa es con vos-, y yo pensé, ¡Juemadre, pobre alma, esa señora está furiosa!, y entonces ella se acercó hasta mi silla y me dijo –No me ignorés, que sabés de qua te estoy hablando a vos-

Obviamente me quede en una pieza, y le pregunté, sólo por verificar lo evidente, si me estaba hablando a mi. Ella se despachó en una retaila de la que recuerdo poco, pero a groso modo, Si, la hijueputa era yo.

Y como buenos colombianos, hasta el conductor paraba oreja mientras la señora me informaba de los oficios secretos de mi mamacita, a lo que yo, sorprendida (y con ganas de reírme, realmente no tenía idea qué pudo causarle semejante reacción) le dije que no sabía de que estaba hablando.

Finalmente lo soltó -¡Quien sos vos para estarme arremadando (Si, dijo arremedando)- yo me quedé blanquiada, afortunadamente prosiguió –Es que te da mucha gracia burlarte de la gente enferma-.

Si algo he aprendido es que cuando la gente se comporta de una manera tan irracional lo mejor es ignorarla, además como dijo gente enferma pensé que estaba en medio de una crisis o algo así, le dije –Ok- y seguí mirando por la ventana.  Ella siguió alegando otro rato y un señor le dijo que por favor se calmara, y ella le dijo que tenía que hacerse respetar porque yo la estaba molestando, imitándola porque era coja.

Al escuchar eso todos en el bus me dieron esa mirada que me recordó otra vez las actividades clandestinas de mi mamá, y bueno, por lo menos ya sabía yo por donde iba la cosa.

Me volteé nuevamente y le dije que yo también estaba coja, y saben qué pasó… No me creyó. Me dijo que ella me vio a lo lejos y que no estaba cojeando, y que no fue sino hasta que la vi que me fui cojeando hasta el bus.

Es más, se quedó parada otro ratooote alegando con el aire, mientras yo le contaba que me habían hecho una cirugía, que tenía una placa, que el frío me hacía doler el tobillo, que estaba saliendo de la recuperación, en fin, no fue sino hasta que me remangué el pantalón y le mostré la cicatriz que se sentó, aunque todavía no muy convencida de la realidad de mi cojera.

Lo más chistoso fue que al bajarse se volteó y me dijo “Que se mejore, usted que puede”, ante esto todo el bus estalló en carcajadas y, bueno, me reí también, ¿Qué más podía hacer?.

Lo curioso es que hace un par de años durante una conferencia el ponente (cojo también), un reconocido periodista de mi país, nos contaba una anécdota en la que un hombre lo enfrentó porque, supuestamente, lo estaba imitando con la cojera.

Siempre pensé que la anécdota era más bien ficticia, en especial porque concluyeron la cosa haciendo una caminata para ver cuál de los dos era más cojo, ganando el periodista quien efectivamente era más cojo, y ahora me imaginaba yo rengueando por todo el bus en competencia con la señora.

Después de meditar el asunto aprendí dos cosas, la primera es que las muletas son la diferencia entre un pobrecita y un madrazo, y la segunda es que, una de dos, hay mucha gente susceptible por ahí o mucho hijueputa suelto.

10 Replies to “Los desconciertos de la cojera”

  1. Yo recomiendo golpe a la mandíbula de la vieja, no tiene remedio. Simplemente hay viejos resentidos alérgicos a la juventud.

    1. jajaja… nooo, no me atrevería a decirle nada. Me da terror abusar de una persona mayor.

  2. La historia es graciosa, eso no se puede negar jajaja

    1. Si, fue más gracioso que molesto, afortunamente.

  3. Pues me extraña que no te echase a ti también una competición, con lo que les gusta rivalizar en achaques a los señores mayores.

    1. jajaja… Si, también lo he notado… Por qué será eso?

  4. la felicito por su reacción.

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