Imprudencias Telefónicas y Demás Calamidades

Escrito por:  Mariela Ibarra

 

Creo que ya les he comentado sobre lo indiscreta que soy, de hecho una de las razones del fin del mundo podría resultar de una imprudencia mía. Hace unos días organizaron para el cumpleaños de mi cuñado una cabalgata nocturna “sorpresa” (Agarraron la palabra clave,  SORPRESA). Por esos días andaba yo corta de efectivo y fui a disculparme con el homenajeado por no poder ir a la cabalgata ex-sorpresa, mientras su hermano me hacía señas desde atrás… Upss. Creo que en una ocasión le confesé a un niño que el ratón Pérez no existía (Por supuesto sin intención).

Pero creo que una de las imprudencias más vergonzosas (o por lo menos la que me trajo consecuencias) fue hace unos años, cuando tuve que hacerle una llamada a un personaje bastante reconocido a nivel regional.

llamada imprudente

Por esos años vivía yo en Bogotá y padecía de una juventud laboral que resultaba desastrosa (Ya ser, decir inexperiencia era más breve pero Juas! me quedó re linda la frase). El trabajo no era complicado, pero lentamente iba ganando más responsabilidades hasta esa terrible tarde. Mi jefe me había asignado una labor sencilla, llamar al señor (Obviamente el nombre es inventado porque que oso confesar esto en mi blog) Lalo Cortés y darle una razón, Como era amigo de mi jefe este me prestó su celular para que el reconocidísimo y también ocupadísimo señor Cortés me contestara. (He de decirles que el señor Cortés tenía bastante mala fama, constantemente recibía críticas y también algunos sobrenombres muy difundidos que resultaban bastante odiosos)

Así que bueno, hice la llamada y me encontraba un poco nerviosa porque carajo! nunca había hablado con alguien que gozara del más mínimo reconocimiento público. El teléfono repicó un par de veces y, al fondo, me saludó una voz amigable, confiada, casi agradecida con la llamada. Entonces yo y mi bendita boca le dije, ay que vergüenza, la barrabasada que le solté -“Buenos días, hablo con el señor LALO COTA”.

No sé si en algún momento han sentido que el tiempo se detiene y uno queda literalmente congelado, con un frío que nace en la columna y se riega por todas partes, algo así fue lo que sentí. Volteé a mirar a mi jefe que me observaba con ojos desorbitados y la mandíbula medio desencajada. En el auricular percibía yo un silencio que se veía interrumpido por la respiración dispareja del señor Cortés, mientras el celular en mi mano temblaba expectante. Entonces mi jefe empezó a manotear indicándome que hiciera algo.

Yo, que no salía del asombro por mi propia estupidez, tomé un pedazo de papel y empecé a restregarlo contra el micrófono del celular y le di la razón pretendiendo que el señor Cortés se tragara el cuento de que había un problema con la recepción de la llamada. Finalmente todo salió, mi nuevo amigo Lalo hasta me mandó un abrazo, pero obviamente nunca volví a encargarme de las llamadas en el tiempo que trabajé para esa oficina.

Sobrevivir a mi imprudencia potencialmente peligrosa, una señal de que nos quedan pocos días en el planeta.

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