CRÓNICAS DEL FIN DEL MUNDO. PARANOIA DOMINGUERA Y UN PASEO EN CARRO (SEGUNDA PARTE)

Escrito por: Mariela Ibarra

…Desde entonces vivo en un sótano, ya han pasado casi tres años, y espero que tú que lees este pequeño trozo de papel no te encuentres en la misma situación… De acuerdo, estoy exagerando, eso último del sótano no pasó, pero si fue algo que llegué a imaginar cuando el señor desconocido arrancó el vehículo.

En el carro de un desconocido

Y sé lo que ustedes pensarán, le hubiera dicho que que pena y que me había equivocado, otros incluso me dirán que mejor saltaba del carro sin importar los raspones o que me espichara otro vehículo. Pues como les parece que a mi también se ocurrieron miles de soluciones creativas, corteses, algunas hasta temerarias, para salir triunfal de la situación, pero después, cuando ya de nada me servían. Durante el tiempo que duró el recorrido con el sujeto no hice nada, simplemente me quedé sentada y me limitaba a contestar con monosílabos o con la cabeza. Estaba paralizada del susto y no era para menos, en un país de descuartizados, mutilados, explotados, secuestrados, sólo los paranoicos sobreviven.

Tengo en particular una imagen que me viene cada vez que escuchó algo sobre el tema, la vi en “El Espacio” en algún momento durante mis 13 o 14 años. La foto de una muchacha, sería sólo un poco mayor que yo en esa época, que habían encontrado en un lote que servía de botadero de chatarra. Estaba semidesnuda, cubierta sólo por una camisilla rasgada en el cuello que se confundía con la blancura de papel que tenía el cadáver, no se sabía donde terminaba la camisilla y donde empezaba la muchacha. La prenda tenía con dos manchones rosados en las zonas en las que le habían introducido el puñal. Tenía el rostro sereno, contrastando con la brutalidad de la escena, y unas gotas le caían desde la cara para fundirse el cabello, donde reposaba, cercana al cuello, una medallita de la milagrosa. En la foto también llovía.

Las gotas jugaban a hacer caminos entre el vaho que empañaba el parabrisas. A través de las rutas que éstas trazaban podía ver como se abría ante mi la Avenida del Río, y poco antes de llegar al Hotel Intercontinental me animé a preguntarle al desconocido hasta dónde iba. Me dijo que iba hasta el norte. Me encogí en la silla y empecé jugar con el cinturón, yo me dirigía  al extremo sur.

Le dije al desconocido que era una lástima, pero que yo iba para Unicentro, al extremo Sur de la ciudad. Me dijo que no me preocupara por eso, que si quería podía acompañarlo a hacer su diligencia al Norte y después nos podíamos tomar un café en Unicentro, siempre y cuando no tuviera yo mucho afán, sonrió un poco y me pareció que el gesto era desproporcionado, pervertido, casi monstruoso.

Respondí que no era necesario, que yo tenía que hacer una diligencia y no me podía demorar, y le indiqué una parada del MIO dónde podía dejarme. Él siguió de largo, y me dijo que prefería dejarme en un lugar con techo, donde no me mojara. A dos cuadras del Hotel rechazó mi  tercer
intento por hacer que se detuviera, y si antes estaba asustada, ahora estaba petrificada. Pensé en las mujeres encerradas en sótanos, las que encuentran tiradas en lotes o flotando desnudas en el Cauca.

En un principio intenté memorizar su cara, en caso de que tuviera que dar declaración. Pero después desistí porque pensé que si me descubría podría matarme, así que preferí no mirarlo más. Él hablaba de lo mal que estaba el clima, de la empresa que tenía, de la implementación de plataformas virtuales y no sé que más cosas tratando de distraer mi atención.

Al desconocido no querer detenerse lo que se me ocurrió fue activar una aplicación del celular que marcaba los recorridos que yo hacía para… (Si, sé lo ridículo que va a sonar esto)… para que la policía pudiera localizar a través del satélite el último lugar donde el celular estuvo prendido.

Llevaba cerca de quince minutos dando vueltas en el carro del desconocido y a este punto ya ni hablaba, me senté a esperar con una pasividad y resignación que me sorprendieron esperando a que el señor desconocido sacara un arma, parara en un sótano, me diera burundanga, o me diera cualquier indicio de que la pesadilla apenas comenzaba.

Pero nada pasó, vi por la ventana una ruta de bus que pasaba cerca a mi casa y le dije, casi rogando, que ese bus me servía y que si me podía dejar ahí. El señor me preguntó si estaba segura, y me indicó que el bus no iba para Unicentro. Aún así se aorilló y yo abrí la puerta incluso antes de que se detuviera por completo. Salté del carro y las gotas de lluvia sobre mi cabeza y hombros fueron una bendición, sonreí y volteé a darle una última mirada al héroe que me había protegido contra la lluvia, ese ser bondadoso que me había evitado una caminada.

Él me regaló su sonrisa más generosa y me preguntó si nos podíamos tomar un café o una cerveza después, otro día, cuando yo estuviera desocupada. Le estrellé la puerta en la cara, ¿Qué le pasaba? ¡¡¡Después de ese susto JAMÁS me subiría a ese carro de nuevo!!!

Sobrevivir a un paseo en carro con un desconocido, una señal más de que el fin está cerca.

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