El Arte de Mentir

Escrito Por: Juan David Ochoa
Cumbre de las Americas

Todas las culturas la detestan. La intentan evadir, intentan ignorarle a la mentira la fuerza que penetra en el ambiente, en las metrópolis, entre las masas de los cuerpos, en el bullicio del lenguaje y en su historia. La intentan evadir, pero no pueden. El odio que simulan sentir es uno de los tantos simulacros de la realidad. La mentira es el arte de fingir la perfección, o el equilibrio; esa custodia de la intimidad para que exista la tranquilidad y se prolongue. Todas las culturas la niegan, la quieren olvidar, pero no pueden. Es el círculo vicioso del tiempo.

La pantomima de los simulacros ha existido desde el día en que los simios fundaron los códigos del trato, y fue en esta escalera de la historia, cuando la fichas simbólicas del juego, este antiguo dominó de las palabras, se llevó toda la hilera al abismo. Desde entonces el mundo puede ser una ficción, la mentira materna de las farsas.

Pero el arte del engaño consciente es más artístico. Requiere de la astucia del control; de inteligencia en la imaginación del truco; austeridad para que se sostenga la tesis y convenza, aunque tenga los soportes en el aire, lejos del mundo, fuera de la lógica y de la evidencia. Requiere de talento para asegurar una mentira gigantesca y repudiable

Así fue la mentira magistral de la cumbre en Cartagena. Una obra maestra del ilusionismo. En cinco días la pobreza se esfumó como las cintas de los magos en los puños. El lodazal de las laderas se secó, y se petrificaron los huecos. En cinco días la miseria que intentaba eludir los atentados del hambre con la venta obligatoria de los jugos y las gafas, los bloqueadores y las trenzas en la costa hirviente, se perdieron. Se perdió el comercio y el turismo ramplón y las imágenes comunes en el mar. Era la gloria, un paraíso escandinavo en el tercer mundo.

Una vez más, como en los meses del reinado nacional, pero a niveles extremos, la realidad se apagó por la mentira y sus brochas. Una opulencia dibujada en el hedor de la pobreza despejó todas las pistas, extinguió los desaseos, el basural de las calles, las prostitutas de las cuadras, los limosneros de la plaza de San Pedro, los huecos, las grietas, las paredes podridas. Pintaron hoteles, alquilaron carros, reconstruyeron esquinas. Limpiaron indigentes, los vistieron. Aprobaron desde Bogotá, y en horas, las leyes de la sumisión, Ley lleras 02. La ley de los futuros presidarios por un clic. Obama llegó y el paraíso estaba ahí para su orden, intacto y espléndido. Brillante.

Después la empalizada de la “escoria” volverá a la superficie a reponer los sobrecostos del desfalco.

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