MI DÍA TRAS UN PERSONAJE PÚBLICO

Cerca de la una de la tarde la azafata por fin da la orden de descender del avión y salgo disparada sin agradecer ni despedirme, luego de casi una hora de un vuelo intranquilo pisaba tierra firme. Odio volar, si estuviéramos diseñados para eso tendríamos alas; por lo tanto sólo dos cosas pueden hacerme subir a un avión, SÓLO DOS, el amor y el compromiso, desafortunadamente para mí en este caso se me juntaron las ambas. Mis primos disfrutaban la escena, pero no se reían, supongo que por consideración.

En el aeropuerto esperaba mi tío, quien es prácticamente mi papá, y procuré darle la mejor de mis sonrisas. Y no era para menos, llevamos más de un año sin vernos. Verán, en un país acostumbrado a idolatrar a cualquiera que consiga algo, mi tio se ha convertido en una especie de “celebridad” para el pueblo Finalmente podíamos pasar un tiempo de calidad, charlar un rato, salir a comer o sencillamente quedarnos en casa disfrutando un café; o por lo menos eso era lo que yo pensaba.

Salimos del aeropuerto e ingresamos en su camioneta donde nos informó que iríamos a almorzar donde un amigo suyo. Honestamente estaba cansada, el viaje me había dejado exhausta, más metal que físicamente, pero de todas formas no estaba en posición discutir.

Al cabo de 5 minutos llegamos a una casa sencilla donde nos atendió un señor muy amable, posterior a las presentaciones nos hicieron seguir a un comedor que prácticamente cubierto en su totalidad por un comedor de 6 puestos. El techo era alto, en tejas de zinc que se quejaban bajo el sol indolente. Al poco rato nos sirvieron un sancocho sabrosísimo, en especial porque no existe en el planeta (Puedo jurarlo) mejor plátano o yuca que la putumayense.

Estaba cuchareando feliz, disfrutando de la conversación del dueño de la casa que junto a tres mujeres nos hacían compañía, cuando lo sentí, ese ponzoñoso bochorno de 30° C a la sombra que hace que la ropa se convirtiera en una segunda piel y deja el pelo achicharrado en menos de media tarde, la mezcla de los vapores de la sopa, el calor corporal y el sol azotando las tejas resultaban demasiado, ¡Además de que éramos más de ocho en un espacio diminuto!. Me escabullí llamando a un amigo y respiré el polvoriento aire de la calle. El sol y la humedad eran tan fuertes que cada inalada me pesaba, pero lo soporté bien. 15 minutos más tarde estábamos de vuelta en la camioneta, ahora si me esperaba una ducha fría, dormir un rato y salir a buscar a mis viejas amistades.

Pero no fue así, me equivoqué de nuevo. En cambio terminamos metidos en otra sala diminuta, rodeados de una cantidad de personas ridícula de personas (Creo que el que los organizó debía ser campeón de tetris) y todos, eran cerca de cincuenta, tenían que ver conmigo.

“Mamita como está de grande”…. “Usted si no cambia, yo la reconocería en…” “Uy pero como se ha engordado” (Hijueputa)… “Yo me acuerdo cuando usted jugaba en mi casa”… y un etcétera muy largo. Saludé tantas personas que sentí que la mano se me había vuelto promiscua, además que tener que ver tantas caras, nombres, tratar de recordarlos, era agotador.
Cuando salimos de la reunión ya estaba cansada de sonreír, además de tener que sostener esa imagen de princesa que nadie se tragaba, me dolía la mano y me estaba cocinando en mi propio jugo. Pero mi día aún no acababa.

Caminamos por el parque del pueblo y nos seguían varias personas… Creo que voy a repetir esto porque no creo que comprendan la dimensión de lo que significa… ¡NOS SEGUÍAN VARIAS PERSONAS!, en una caravana a la que se le iba agregando cada vez más y más gente. Finalmente llegamos a la iglesia, y sólo hay un motivo que haga que yo entre a una iglesia, UNO, amor, y en este caso había. El lugar estaba a medio llenar y nos estaban esperando para un evento en el que homenajearían a mi tío al día siguiente.

De la nada saltó una de las parientes de mi tío y me entregó un papel preguntándome -¿Dónde está su primo?-, yo miré hacía todos lados sin poder encontrarlo, pero fue mi prima quien informó que se había marchado porque se sentía enfermo. Descansé un poco del calor porque la iglesia estaba fresca, me acomodaron en una de las filas de adelante y cuando empezaba a estirarme me dio por leer el papel que era para mi primo cuando, SORPRESA, mi tio quería que yo participara del evento y me habían puesto a leer unos Salmos.
Ahora si que se caiga el cielo y los infiernos suban a la tierra, ya me imaginaba yo trepada en el atrio de la iglesia dando todo un sermón, atormentando con infiernos y premiando con paraísos. La sola idea me pareció grotesca.

Luego de una hora nos invitaron a otro evento, pero finalmente pudimos ir a casa, cansadas, estrujadas, observadas, murmuradas y sin poder compartir un segundo a solas con el hombre que nos llevó hasta allá, pero llegamos. Después de esa tarde me di cuenta que no estoy hecha para el glamur, las páginas de sociales me aburren, no estoy lista para los 300 mil ojos ni tengo las mejillas de una reina de belleza para soportar una sonrisa por tanto tiempo, me quedo con el anonimato y le regalo mis 10 minutos de fama al que quiera.

2 Replies to “MI DÍA TRAS UN PERSONAJE PÚBLICO”

¿Te gustó el artículo? ¿Qué opinas de el?